¿Por qué a veces soy víctima y otras veces victimario en el amor?

 ¿Alguna vez te has sorprendido sintiéndote profundamente herida en una relación — y, en otro momento, o incluso en esa misma relación, reconociendo que tú también hieres? No es una contradicción tuya. Es una de las preguntas más incómodas — y más honestas — que alguien puede hacerse sobre su forma de amar.

La mayoría de nosotros preferimos pensar que ocupamos un solo lugar: o somos quienes reciben el daño, o —impensable— quienes lo causan. Pero la experiencia clínica dice otra cosa: los dos roles pueden convivir en la misma persona, a veces en la misma relación, y entenderlo no es una condena. Es el principio de un cambio real.

El psiquiatra Stephen Karpman le dio forma a esta idea en los años 60 con lo que llamó el triángulo dramático: víctima, perseguidor y rescatador no son identidades fijas, sino posiciones por las que una persona puede moverse — incluso dentro de la misma discusión. Quien empieza pidiendo ayuda puede terminar atacando a quien intentó dársela. Quien hiere puede, minutos después, sentirse la parte más frágil de la escena. El triángulo explica por qué tantas parejas sienten que discuten “en círculos”: no es que no avancen, es que se turnan el mismo guion.

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Lo que nadie te explica sobre ser la víctima

La psiquiatra Judith Herman, autora de Trauma and Recovery — el libro que fundó el estudio moderno del trauma complejo — insiste en algo que cambia por completo cómo se acompaña a una víctima: la culpa nunca fue suya, y la recuperación tampoco puede imponerse desde afuera. Como ella misma escribió, “el primer principio de la recuperación es el empoderamiento de la superviviente”. No se trata de rescatarla, sino de devolverle la autoría de su propia vida.

Pero, ¿por qué alguien permanece en un vínculo que la lastima? La psicóloga Lenore Walker respondió a esa pregunta en 1979 con una observación que cambió el campo: el maltrato casi nunca es una sucesión de hechos aislados. Sigue un patrón — tensión creciente, estallido, y después una fase de reconciliación tan cálida que parece borrar lo anterior. A esa fase, Walker la llamó la “luna de miel”, y explica algo que mucha gente no entiende desde afuera: no es debilidad quedarse. Es que el ciclo mismo está diseñado para atrapar la esperanza.

Y esa vulnerabilidad, muchas veces, tiene raíces más tempranas. Las investigadoras Mary Main y Judith Solomon describieron el apego desorganizado: lo que ocurre cuando, en la infancia, la misma persona que debía darnos seguridad era también la fuente del miedo. Sin una estrategia clara para regularse, el sistema nervioso aprende otra cosa — a apaciguar, a anticipar, a desaparecer un poco para sobrevivir. El neurocientífico Stephen Porges, desde la teoría polivagal, le dio nombre a esa estrategia: la respuesta de sumisión, el cuarto camino posible cuando ni luchar ni huir es una opción real.

Con el tiempo, este ciclo deja una huella acumulativa. Herman advierte que las personas que atraviesan un trauma sostenido en el tiempo —no un hecho único, sino algo repetido— desarrollan dificultades profundas en la confianza básica, en la autonomía y en la capacidad de reconocerse a sí mismas fuera de la relación que las lastima. No es que “no puedan ver” lo que pasa. Es que, literalmente, el terreno desde donde deberían decidir salir fue construido dentro de la misma dinámica que las daña.

Lo que nadie se atreve a admitir sobre el victimario

Aquí es donde más nos cuesta mirar — porque implica preguntarnos si nosotros también podemos ocupar ese lugar. La respuesta, con frecuencia, también empieza en la infancia.

A principios del siglo pasado, el psicoanalista Sándor Ferenczi observó algo perturbador en niños que habían sido maltratados: cuando escapar del peligro es imposible, la psique encuentra una salida distinta — identificarse con quien domina. Anna Freud desarrolló después esta idea bajo el nombre de identificación con el agresor: una forma de recuperar, aunque sea psíquicamente, una sensación de control que en la realidad nunca se tuvo. Quien de niño solo pudo sobrevivir así, de adulto puede repetir — sin quererlo, incluso odiándose por hacerlo — la única forma de vínculo que su historia le enseñó.

Esto no es una excusa. Es una explicación. Y la diferencia entre ambas es exactamente el trabajo que hace falta.

En la vida adulta, esta identificación con el agresor rara vez se ve como algo dramático desde el principio. Empieza pequeño: una necesidad de tener siempre la razón, una dificultad real para tolerar que el otro se aleje aunque sea un momento, una irritación desproporcionada ante gestos que objetivamente no la merecen. Muchas personas que hoy ejercen daño en su relación de pareja no reconocen ahí ninguna intención de hacer daño — reconocen, en cambio, una sensación de que si no controlan la situación, algo terrible va a pasar. Esa sensación casi nunca es sobre el presente. Es sobre una infancia que enseñó que perder el control era, literalmente, peligroso.

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La trampa de mirar solo la historia

Desde la mirada sistémica, hay algo más: estos patrones casi nunca nacen con nosotros. Bert Hellinger mostró que la violencia —igual que la lealtad, igual que el amor— puede transmitirse de generación en generación sin que nadie la elija conscientemente. E Iván Böszörményi-Nagy, quien acuñó el concepto de lealtades invisibles, ayuda a entender por qué alguien puede repetir, sin saberlo, el lugar de víctima o de victimario que ya ocupó alguien antes en su familia.

Pero aquí está la línea más sutil de todo este tema — y la más importante: entender el origen transgeneracional de un patrón no disuelve la responsabilidad de hoy. Explicar de dónde viene la herida no es lo mismo que quedarse ahí. Si la mirada sistémica se usa solo para justificar — “no es mi culpa, viene de mi historia” — deja de ser una herramienta de sanación y se convierte en una salida. La verdadera intervención sostiene las dos verdades a la vez: esto tiene raíces que no elegiste, y lo que haces con eso a partir de ahora, sí es tuyo.

Piénsalo así: reconocer que tu padre también gritaba, que tu madre también se sometía, que esto viene “de más atrás” — puede traer un alivio inmenso, porque de pronto el patrón deja de sentirse como una falla personal. Pero ese alivio solo sana si va seguido de una pregunta incómoda: ahora que lo sé, ¿qué hago distinto? Sin esa segunda pregunta, la comprensión sistémica se queda a mitad de camino — se entiende el árbol genealógico, pero se sigue viviendo exactamente igual.

Qué puedes hacer hoy mismo si te reconoces en esto

  • Identifica en qué vínculos ocupas cada lugar. No hace falta que sea siempre el mismo rol — muchas personas son víctimas en una relación y victimarias en otra, incluso con la misma persona en distintos momentos.
  • Observa el momento exacto en que el patrón se activa, sin juzgarte todavía. ¿Qué pasa justo antes? ¿Qué sientes en el cuerpo? Ahí suele estar la pista de su origen.
  • Distingue explicación de excusa. Puedes preguntarte: “¿esto que acabo de entender de mi historia me está ayudando a cambiar, o me está dando permiso para no hacerlo?”
  • Si reconoces señales de riesgo real —control, humillación constante, violencia física, propia o hacia tu pareja— no esperes a resolver el patrón para buscar apoyo. Comprender el origen es un proceso; la seguridad, cuando está en juego, no puede esperar a ese proceso.
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No te quedes solo con la teoría

Si quieres identificar con más profundidad cómo se mueve esta dinámica en tu propia relación de pareja, puedes hacer el test “¿Reconoces tu parte víctima y perpetradora?” que encontrarás en esta misma página — con preguntas pensadas para reconocer ambos lugares, sin juicio.

Y si eres terapeuta, consteladora o acompañas procesos de sanación, este es exactamente el tema central de nuestro taller vivencial de intervención de la dinámica víctima-victimario en las constelaciones familiares — 8 horas de trabajo con técnicas de intervención y supervisión de casos reales, en grupo reducido de máximo 15 personas. Escríbeme si quieres que te avise en cuanto abra la próxima convocatoria.

Te dejo aqui un cuestionario que puede aportarte a indagar tus partes victima y victimario para continuar tu recorrido de autoconocimiento.

 

 

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