Terapia con la madre: el vínculo esencial en la edad adulta

“El éxito tiene el rostro de la madre.”

— Bert Hellinger

Trabajar la terapia con la madre es, para muchas personas, el punto de partida para comprender patrones que se repiten en la vida adulta: en el amor, en el dinero, en la salud o en la simple alegría de vivir. Y ese trabajo empieza, en realidad, mucho antes de lo que solemos pensar: desde el mismo instante de la concepción, la madre se convierte en la representación más importante que nos acompaña a lo largo de toda la existencia. En ese preciso momento en que el espermatozoide y el óvulo se reconocen como uno solo, el cuerpo de la madre toma las riendas del cuidado y el desarrollo del nuevo ser. Es su cuerpo el que acoge y alimenta esa vida naciente a través de un cordón sagrado, por donde transmite a su cría no solo el alimento necesario para crecer, sino también todos los contenidos ancestrales que le permitirán reconocerse, más adelante, como parte de una familia y de un linaje.

Desde la psicología, el pediatra y psicoanalista británico Donald Winnicott (1896-1971) dedicó buena parte de su obra a estudiar esta función materna temprana. Su concepto de holding —el sostén físico y emocional que la madre ofrece al bebé— describe la creación de un entorno lo suficientemente seguro y predecible como para que el niño pueda desarrollar su sentido del yo sin sentirse invadido por la angustia. Ese sostén inicial, sostiene Winnicott, es la base sobre la que se construye después toda la capacidad de habitar el mundo con confianza.

La relación con la madre no es solo la más importante: es también la más compleja. En ella habita la pulsión de vida y muerte, y en ella se establecen los primeros patrones de convivencia, marcados por la dependencia absoluta de los primeros años. Mamá representa lo primero: la primera nutrición, el primer amor, la primera piel. Es ella quien sostiene al bebé el tiempo suficiente dentro de su cuerpo para que, al llegar al mundo, pueda finalmente respirar por sí mismo. Desde lo arquetipal, la madre contiene además una polaridad esencial: por un lado, la madre nutricia, protectora y generadora de vida; por otro, la madre devoradora o terrible, que retiene, controla o aniquila.

La mirada sistémica traslada esa misma polaridad —nutricia y devoradora— del plano intrapsíquico al plano relacional. Ya no se pregunta únicamente “qué imagen interna tiene esta persona de su madre”, sino “qué función cumple la madre dentro de la red de vínculos familiares, y cómo se transmite esa función de generación en generación”. Ahí es donde esta mirada se encuentra con otros autores de referencia en la terapia sistémica y familiar. Este es, precisamente, el territorio que explora la terapia con la madre desde un enfoque sistémico: no se trata de juzgar ni de idealizar, sino de comprender la función que ha cumplido y de sanar, poco a poco, el vínculo.

Bert Hellinger, con sus célebres “órdenes del amor” (constelaciones familiares), retoma esta misma polaridad y la sitúa en el flujo de pertenencia dentro del sistema familiar. Para Hellinger, la madre no es solo una figura interna: es el primer eslabón por el que el amor y la vida “fluyen” hacia el hijo. Cuando ese flujo se interrumpe —por ejemplo, cuando una madre no pudo recibir amor de su propia madre, o cuando hay un duelo no resuelto o una exclusión en la familia— la parte devoradora o ausente del arquetipo no se queda en lo simbólico, sino que se actúa una y otra vez, generación tras generación, como un enredo, hasta que alguien en el sistema lo hace consciente y contribuye a restaurar el orden.

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Iván Boszormenyi-Nagy, desde la terapia contextual, aporta la idea de legado y lealtad invisible: la función materna se hereda como un balance de deudas y méritos entre generaciones, tal como desarrolla junto a Geraldine Spark en su obra Lealtades invisibles. Lo que en clave arquetípica se describe como la polaridad entre la madre nutricia y la madre devoradora, Nagy lo traduce en términos de justicia relacional: qué recibió esa madre de la suya, y qué le queda disponible para dar a sus propios hijos.

La madre y la vida

Desde las órdenes del amor de Bert Hellinger, la madre da y el hijo recibe el regalo de la vida. Por eso, en la terapia con la madre, cualquier conflicto no resuelto tiende a reflejarse en los asuntos cotidianos de la vida adulta:

En los vínculos. Cuando no hemos logrado tomar a la madre por completo, es frecuente repetir en las amistades y relaciones cercanas los mismos patrones de desconfianza, distancia o necesidad de aprobación que marcaron el vínculo original. Aprender a mirar a la madre tal cual es —con su historia y sus límites— suele abrir la puerta a vínculos más libres y confiados con los demás.

En la pareja. La relación de pareja funciona muchas veces como un espejo del vínculo no resuelto con la madre: buscamos en el otro aquello que no pudimos recibir de ella, o repetimos sin darnos cuenta la misma distancia o el mismo rechazo. Reconciliarse con la madre suele traducirse en la capacidad de elegir y sostener una pareja desde la plenitud, y no desde la carencia.

En el dinero. Dentro de la lógica sistémica, el dinero se entiende como una forma más de la energía vital. Cuando existe un bloqueo en la relación con la madre —la primera fuente de vida— este suele expresarse también como dificultad para recibir, prosperar o sentirse merecedor de abundancia. Tomar por completo la vida que la madre dio ayuda, con frecuencia, a destrabar también la relación con lo material.

En la salud. El cuerpo que habitamos es, en su origen, un regalo del cuerpo materno. Los conflictos no resueltos con la madre pueden somatizarse o expresarse en la manera en que cuidamos —o descuidamos— nuestra propia vitalidad, energía y bienestar físico.

En la alegría de vivir. Por último, la capacidad de disfrutar la vida con sencillez, de sentir ganas genuinas de estar vivo, está directamente ligada a cuánto hemos podido decir sí a la vida tal como la madre nos la dio, con su historia, sus limitaciones y su amor, tal cual fueron.

Si algo de esto resuena contigo, la terapia con la madre puede ser un buen punto de partida para mirar estos patrones con más consciencia y cuidado, y empezar a soltar lo que ya no te corresponde cargar.

Madre e hija disfrutando al aire libre.

Oración del Amanecer

Te dejo aquí una versión libre de la oración del amanecer del maestro Bert Hellinger. Te invito a recitarla alguna vez, despacio, y a sentir qué se mueve en ti.

Mamá, gracias por darme la vida. La tomo de ti, al precio que a ti te costó y al que a mí me cuesta. La tomo completa y tal cual me la regalaste.

Mamá, tú eres la grande y yo la pequeña. Tú das y yo recibo. Te veo y te reconozco como mi verdadera madre; mírame tú también como tu verdadera hija.

Mamá, ahora soy una persona adulta y hago mi propio movimiento hacia la vida, sintiendo que detrás de mí, a mis espaldas, está mi propia historia: tú a la izquierda, y el padre que encontraste para mí, a la derecha. Detrás de ustedes, mis ancestros. Y puedo sentir ese soplo poderoso que me impulsa, cada vez más, hacia la vida.

Mamá, así como un día salí de tu vientre, como un llamado de la vida, hoy siento cada mañana ese mismo llamado. Y yo, mamá, quiero ir.

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